jueves, octubre 1, 2026

Fernando Pessoa y la tragedia de sentir: una visión despiadada sobre la acción y la sensibilidad

En un mundo que premia la rapidez, la eficiencia y la ejecución sin titubeos, detenerse a sentir puede parecer un lujo… o una maldición. Fernando Pessoa, maestro de las contradicciones humanas, nos deja en este fragmento una reflexión tan lúcida como incómoda: tal vez la sensibilidad sea el mayor obstáculo para actuar, y la empatía, una traba para triunfar en un mundo hecho para los insensibles.

Este texto no busca consuelo, ni siquiera respuestas. Solo lanza una verdad cruda sobre la mesa: que para sobrevivir —o conquistar— hay que endurecerse, volverse piedra entre piedras. Leerlo es como mirarse al espejo y preguntarse en qué punto dejamos de sentir para poder avanzar. Aquí, Pessoa nos muestra la brutal paradoja de existir y actuar en un mundo que no perdona la sensibilidad.


«El mundo es de quien no siente. La condición esencial para ser un hombre práctico es la ausencia de sensibilidad. La cualidad principal en la práctica de la vida es aquella cualidad que conduce a la acción, esto es, la voluntad. Ahora bien, hay dos cosas que estorban a la acción –la sensibilidad y el pensamiento analítico, que no es, a fin de cuentas, otra cosa que el pensamiento con sensibilidad.

Toda acción es, por naturaleza, la proyección de la personalidad sobre el mundo exterior, y como el mundo exterior está en buena y en su principal parte compuesto por seres humanos, se deduce que esa proyección de la personalidad consiste esencialmente en atravesarnos en el camino ajeno, en estorbar, herir o destrozar a los demás, según nuestra manera de actuar. Para actuar es necesario, por tanto, que no nos figuremos con facilidad las personalidades ajenas, sus penas y alegrías. Quien simpatiza, se detiene.

El hombre de acción considera el mundo exterior como compuesto exclusivamente de materia inerte –inerte en sí misma, como una piedra sobre la que se pasa o a la que se aparta del camino; o inerte como un ser humano que, por no poder oponerle resistencia, tanto da que sea hombre o piedra, pues, como a la piedra, o se le apartó o se le pasó por encima. El máximo ejemplo de hombre práctico, por reunir la extrema concentración de la acción junto con su importancia extrema, es la del estratega.


Toda la vida es guerra, y la batalla es, pues, la síntesis de la vida. Ahora bien, el estratega es un hombre que juega con vidas como el jugador de ajedrez juega con las piezas del juego. ¿Qué sería del estratega si pensara que cada lance de su juego lleva la noche a mil hogares y el dolor a tres mil corazones? ¿Qué sería del mundo si fuéramos humanos? Si el hombre sintiera de verdad, no habría civilización. El arte sirve de fuga hacia la sensibilidad que la acción tuvo que olvidar».

Fernando Pessoa

«El libro del desasosiego»

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