Hay voces que no mueren, aunque sus cuerpos se deshagan bajo la tierra. Voces que, como ecos en una caverna infinita, siguen hablando entre las ruinas del tiempo. Juan Rulfo fue capaz de escucharlas, y con ellas escribió una de las novelas más profundas y desgarradoras de la literatura latinoamericana: Pedro Páramo.
Este fragmento no es solo una escena. Es un lamento suspendido en el amanecer, una plegaria dirigida a una mujer muerta y a una memoria que duele como si aún quemara. Pedro Páramo, ese cacique fantasmal, está atrapado no solo en su tierra, sino en su culpa, en su amor desolado, en su condena a recordar.
Rulfo no escribe con tinta, escribe con silencio. Y en ese silencio hay polvo, hay espectros, hay un México que respira entre murmullos de ultratumba.
Aquí no hay héroes. Solo hombres deshechos por sus pasiones. Y una pregunta flotando en la neblina: ¿qué nos queda cuando ya no queda nadie a quien amar?
Lee a Rulfo y escucha. Porque Pedro Páramo no se lee… se siente.
«Pedro Páramo estaba sentado en un viejo equipal, junto a la puerta grande de la Media Luna, poco antes de que se fuera la última sombra de la noche. Estaba solo, quizá desde hacía tres horas. No dormía. Se había olvidado del sueño y del tiempo: <<Los viejos dormimos poco, casi nunca. A veces apenas si dormitamos; pero sin dejar de pensar. Eso es lo único que me queda por hacer>>. Después añadió en voz alta: <<No tarda ya. No tarda>>.
Y siguió: <<Hace mucho tiempo que te fuiste, Susana. La luz era igual entonces que ahora, no tan bermeja; pero era la misma pobre luz sin lumbre, envuelta en el paño blanco de la neblina que hay ahora. Era el mismo momento. Yo aquí, junto a la puerta mirando el amanecer y mirando cuando te ibas, siguiendo el camino del cielo; por donde el cielo comenzaba a abrirse en luces, alejándote, cada vez más desteñida entre las sombras de la tierra.
>>Fue la última vez que te vi. Pasaste rozando con tu cuerpo las ramas del paraíso que está en la vereda y te llevaste con tu aire sus últimas hojas. Luego desapareciste. Te dije: «¡Regresa Susana!»>>.
Pedro Páramo siguió moviendo los labios, susurrando palabras. Después cerró la boca y entreabrió los ojos, en los que se reflejó la débil claridad del amanecer».
Amanecía.
PEDRO PÁRAMO – Juan Rulfo
