Imaginen a un joven frente a un juez. No ha robado, no ha matado, no ha traicionado a nadie. Su crimen: escribir poesía. Joseph Brodsky, perseguido por el régimen soviético, se sentó en el banquillo de los acusados no por lo que hizo, sino por lo que fue: un poeta.
En este interrogatorio histórico, el Estado trata de domesticar al espíritu libre, de encasillar al creador en un sistema que no entiende el arte sin utilidad ni la vida sin función productiva. Pero Brodsky no se defiende con argumentos legales ni con arrepentimiento: se defiende con la misma dignidad que hay en sus versos, con la certeza de que escribir es una forma de existir y de resistir.
Este fragmento no solo nos recuerda la fragilidad de la libertad, también nos grita, con voz serena y firme, que la poesía importa. Que quien escribe —como quien ama o sueña— no necesita permiso.
«La tumba de Lenin»
«Juez: ¿Profesión?
Brodsky: Traductor y poeta.
Juez: ¿Quién lo reconoció a usted como poeta? ¿Quién lo ha clasificado en la categoría de poeta?
Brodsky: Nadie. ¿Quién me clasificó en la categoría de ser humano?
Juez: ¿Estudió para ello?
Juez: Para ser poeta. ¿No intentó usted cursar estudios en la universidad donde uno se prepara para la vida, donde uno aprende?
Brodsky: No creí que fuera un asunto de educación ni de aprendizaje.
Juez: ¿Cómo es eso?
Brodsky: Creo que eso viene de Dios.
Juez: Ciudadano Brodsky, explique a la Corte por qué ha cambiado de trabajo trece veces sin trabajar en los intervalos y por qué siguió una forma de vida parasitaria.
Brodsky: Trabajé durante los intervalos. Escribí poesía.
Juez: Pero,¿cuál es la razón de sus trabajos cambiantes tan a menudo?
Brodsky: Cambié de trabajo porque quería saber lo más posible sobre la vida y las personas.
Juez: ¿Y qué bien ha hecho por su país?
Brodsky: Escribí poemas.
Juez: Entonces, ¿cree que sus poemas son de utilidad?
Brodsky: Sí.»
Joseph Brodsky fue acusado de parasitismo social por las leyes rusas en 1964, y condenado por cinco años a trabajos forzados, por las autoridades soviéticas.
Posteriormente, se exilió en Estados Unidos. Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1987.
En su Discurso de Recepción dijo: «Ningún código penal supone castigos por los crímenes contra la literatura. Y el más grave entre estos crímenes no es ni la persecución de autores, ni las restricciones de censura, ni la quema de libros. Existe un crimen más grave que es el desprecio por los libros, su no-lección».
* El fragmento del juicio ha sido extraído de «La tumba de Lenin», de David Remnick.
* El fragmento del Discurso de Recepción ha sido extraído del sitio oficial Web del Nobel Prize.
Fuente: margaritadiazdeleon.blogspot.com
